Hoy las grandes corrientes teóricas ya no se construyen en regla general como consecuencia directa de representaciones generales sobre la naturaleza de las sociedades, sino que se elaboran en mayor medida en función de los diversos paradigmas de la acción social.
Dubet/Martuchelli
I. El mal-estar
El uso de la metáfora del malestar ha sido constante en los discursos científicos del siglo pasado.
En El malestar en la Cultura, publicado en 1930, Sigmund Freud utilizó la metáfora del malestar cultural para referirse a la insatisfacción producida por la “renuncia de las satisfacciones instintuales”[1]. En La postmodernidad y sus descontentos[2], aparecida en 1997, Zigmunt Bauman resume la preocupación freudiana en el enunciado “se gana algo, pero, por lo general, se pierde algo a cambio”.
En el campo marxista, la figura de la miseria téorica y práctica es semejante a la imagen del malestar en la sociología, aunque esta figura de la miseria de los otros, es menos inclusiva.
La metáfora del mal-estar, tomada del psicoanálisis, ha permitido a Jacques Derrida, Zigmunt Bauman y recientemente a Joseph Stigliz, autores lejanos entre sí, hablar acerca de la mala marcha del mundo, del descontento de los modernos y de la mala conducción de las políticas económicas globales.
Dice Derrida: El mundo va mal […] Ya no damos cuenta de su desgaste, ya no nos damos cuenta de él […] Ni maduración, ni crisis ni siquiera agonía. Afirma Bauman: La obligación y la renuncia forzosa se han transformado, de necesidad irritante, en ataque injustificado, contra la libertad individual. Por su parte, Stigliz sostiene: Comprobé de primera mano el efecto devastador que la globalización puede tener sobre los países en desarrollo, y especialmente sobre los pobres en esos países […] La globalización no ha conseguido reducir la pobreza, pero tampoco, garantizar la estabilidad, (Derrida, 1998:91; Barman, 1997:9; Stiglitz, 2002:11)
Es evidente que la sociología no escapa al malestar descrito por los autores arriba mencionados.
El malestar en la sociología es una parte del malestar global. La idea de que la sociología mal-está en la sociedad contemporánea puede interpretarse como la debilidad teórica de este discurso para observar y producir los cambios que experimenta aquélla.
El malestar en la sociología puede entenderse, asimismo, como la renuncia de la sociología al diseño de una tecnología radical para la solución de los problemas de la sociedad global. El déficit de la teoría crítica es el déficit de la sociología.
La expresión mal-estar de la sociología no supone que la sociología clásica —a diferencia de la actual— haya bien-estado, tampoco que exista la posibilidad de un bienestar ilimitado. Es posible que la sociología siempre haya mal-estado en relación a otros discursos científicos y respecto de las élites. Pierre Bordieu decía que la sociología incomodaba[3], pero la inquietante imagen del sociólogo francés refería una incomodidad externa, de los otros. Desde ese ángulo, no se tematizó nuestro malestar y descontento disciplinario.
En tales circunstancias, la sociología mal-está, en riesgo. Al descontento debemos añadir la perdida del objeto. Alain Touraine se deshizo de la idea de sociedad por considerarla inútil. Decía que “el concepto de sociedad producía una separación extrema entre el sistema y el actor”[4]. Recientemente, Francois Dubet y Danilo Martuchelli hablan de la necesidad de recuperar la idea de sociedad para comprender lo que nos sucede. Para ellos, “El eclipse de la idea de sociedad, no es pues, el eclipse de lo social”[5].
En el mismo sentido, Dogan y Pharé hablan de la fragmentación de la sociología; del sentido vacío de un discurso penetrado por otros discursos; de cómo, “los sociólogos continúan peleando en tierras extranjeras, de tal suerte que el corazón de la disciplina ha quedado desierto, salvo por algunos fieles”[6].
En el extremo, la sociología ha sido construida como un discurso “híbrido” o mejor dicho “imperialista”, que lo incluye todo, a diferencia de la sociología clásica que se diferenciaba de la psicología y la biología de su época, la sociología contemporánea –impensable sin adjetivos- ya no se diferencia discursivamente de las otras ciencias sociales. El fantasma del agotamiento ronda la sociología.
En tales circunstancias, espero, desde hace algunos años, porque estoy seguro que sucederá cualquier día, el escándalo de algún sociólogo parisino o nacional que diga, por ejemplo: “la sociología ha muerto”, o bien, con las trompetas del apocalipsis, que ha llegado el fin de la sociedad y del último ciudadano.
Pero, entre más se acumula y sedimenta el descontento disciplinario, entre más se expande nuestro malestar, el mundo marcha a la guerra y a la polarización global. La “pintura negra” de Derrida en Espectros de Marx nos recuerda “las plagas del nuevo orden mundial”: el paro, los sin techo, la deuda, el armamentismo, las guerras interétnicas, el narcotráfico, la subordinación de las instituciones internacionales a estados nacionales particulares[7].
El informe de Desarrollo Humano e incluso Imperio de Hardt y Negri son los registros más impecables de la injusticia, la desigualdad y la violencia contemporáneas.
La sociología como discurso tiene delante de sí una agenda compleja. Los sociólogos actuales, descontentos y ensimismados, ganamos bastante reflexividad con la sociología de los dos siglos pasados, pero perdimos sentido práctico. Las observaciones de la sociología contemporánea son autorreferentes, hablan de la necesidad de una metateoría sociológica, de la teoría sociológica general o bien de la teoría sociológica y cosmopolita, pero siempre caídos —arrojados, quizá— en la tentación del modelo.
Los procedimientos de construcción de los discursos sociológicos dominantes son el debate académico basado en la diferenciación de interés de conocimiento, o bien en la necesidad de contextualizar la producción y consumo de la teoría sociológica, pero muy poco, en verdad poco, sobre el mundo injusto que marcha a la guerra y a la polarización global.
La sociología no ha superado los disensos descritos por Giddens y Alexander en LaTeoría social hoy.
Respecto de lo anterior, una anécdota: en 1994, Niklas Luhmann decía en la Universidad Iberoamericana que si Jürgen Habermas se hubiera dedicado a analizar las transformaciones de la sociedad contemporánea, en lugar de pelearse con todos, habría realizado mayores contribuciones a nuestro campo.
Es evidente que el sarcasmo describía el síntoma de la sociología contemporánea, la cual, ensimismada en el debate académico, habla poco sobre la sociedad global.
La situación de mal-estar empeora. Los sociólogos gigantes y pequeños, para utilizar la comparación de Robert Merton, -coexisten en conflicto. Los sociólogos gigantes han muerto o están jubilados. Niklas Luhmann, Pierre Bordieu, murieron recientemente, también los filósofos pos-estructuralistas que tanto influyeron en la sociología y las ciencias sociales contemporáneas, Michel Foucault, Gilles Deleuze y Félix Guattari; por otra parte, Habermas está jubilado, es decir, en apego a la palabra, en cese.
Los pequeños sociólogos han caído en la tentación de la Gran Teoría. Manuel Castells, Jeffrey Alexander, George Ritzer, Anthony Giddens, Peter Wagner y Ulrich Beck, se disputan el legado, pero sus teorías experimentan —en diferentes grados— un fuerte déficit histórico y empírico, que separa los tratados académicos de las grandes transformaciones de las sociedades nacionales y de la sociedad global.
La imaginación teórica y práctica de los sociólogos pequeños, —quienes disputan la herencia del capital sociológico— está en ciernes; quizá por ello, los pequeños sociólogos del mundo, sobre todo los de la generación de 46-55 años, pensamos, según la Asociación Internacional de Sociología, que el libro más influyente en la historia de nuestro campo ha sido Economía y Sociedad de Max Weber, quien paradójicamente habría sostenido: ¡ahora resulta que soy sociólogo!
II. Las estrategias del voluntarismo sociológico
En este mal-estar, en la región latinoamericana “brotaron” los “mariscales” y los “profetas”[8]. Las ciencias sociales, entre ellas la sociología, han anunciado en los últimos años el advenimiento de un nuevo paradigma o han proclamado la necesidad de una revolución científica.
Los anunciantes aparecen como El Bautista[9], enuncian la revolución científica que vendrá, mediante un inventario de legados teóricos y conceptuales.
En 1989, Enrique De la Garza hizo una historia mínima de la construcción del conocimiento en los discursos sociológicos nacionales para caracterizar la cultura metodológica en la sociología mexicana como una “farsa”. Decía: “En México no ha existido una clara conciencia epistemológica”[10].
En 1997, Rigoberto Lanz sostuvo que la sociología latinoamericana se habría vuelto postmoderna. Decía Lanz: “Lo que sostengo es que en el horizonte de la dinámica universitaria de la sociología en América Latina no hay indicios de un cambio de paradigma o algo que se parezca […] La sociología postmoderna ha renunciado sin traumas ni complejos epistémicos a toda identificación disciplinaria”[11].
Estos anuncios se produjeron en un contexto difícil para nuestras sociedades. La década perdida también perdió a la sociología latinoamericana. La sociología era presentada por los sociólogos como irreflexiva y difusa. La descripción de estos síntomas sociológicos constituyeron el preámbulo de las propuestas de Inmanuel Wallerstein, Pablo Gonzalez Casanova y Francisco López Segrera, para impensar, abrir y construir las nuevas ciencias sociales.
Esta propuesta, en los hechos, ha producido la desidentidad y la disolución sociólogica.
Desde tal perspectiva, Wallerstein propuso un legado sociológico que incluye la recuperación del pensamiento clásico; González Casanova llamó a una revolución científica; López Segrera propuso construir unas ciencias sociales, no eurocéntricas y “nativas”.
Para Wallerstein es necesario “impensar la cultura de la sociología”, sus “premisas compartidas sub-concientemente” para su transformación. En tal sentido, ofrece una agenda de retos, la “reunificación de las ciencias y las humanidades” y la “centralidad de la ciencia social en el mundo del conocimiento” [12].
Respecto de lo anterior, Pablo González Casanova sostiene
La crisis que hoy abarca tanto los principales paradigmas de la investigación científica como los principales paradigmas de la acción política. A la crisis del estructural-funcionalismo y de la filosofía empirista se añade la crisis del liberalismo, de la socialdemocracia, del comunismo, del nacionalismo revolucionario y del neoliberalismo […] Al mismo tiempo, los paradigmas científicos y políticos emergentes todavía presentan conceptos difusos y desarticulados […] El método a emplear va a consistir en destacar las estructuraciones y reestructuraciones que consideremos significativas para un conocimiento orientado a la construcción de un paradigma científico-político útil al “interés general” y a una democracia universal no excluyente. Ese método nos impedirá perdernos en debates sobre fidelidades o infidelidades teóricas.
En la misma lógica Francisco López Segrera
Es importante establecer un conjunto de prioridades compartidas por todos, que den respuesta a las urgencias de nuestra América, de su sociedad civil y sus clases políticas, para coordinadamente establecer una agenda de las investigaciones en ciencias sociales en nuestra región. Si no somos capaces unidos de formular una agenda, las ciencias sociales de la región perderán una identidad ganada a sangre y fuego, y presenciaremos no una crisis de paradigmas, sino la recolonización de nuestras ciencias sociales por paradigmas y agendas fijadas en función de los intereses del Norte desarrollado […]
En éstos años, la filosofía ha producido —en las ciencias sociales y la sociología— intensos debates acerca de su validez científica y su influencia social. Anthony Giddens había registrado en Las nuevas reglas del método sociológico el acercamiento de la filosofía y las ciencias sociales desde 1967. Edgardo Lander, Hugo Zemelman y Enrique Dussell han impulsado un debate amplio sobre el eurocentrismo, el bloqueo teórico y el futuro de las ciencias sociales en América Latina, mediante los libros: La colonialidad del saber en 1993, Determinismos y alternativas en 1995 y Hacia una Filosofía Política Crítica publicado en el 2001. El debate sobre la postmodernidad, el postcolonialismo y los estudios culturales —con sus riesgos literarios y colonizantes— han influido de manera fundamental en la reconstrucción de las ciencias sociales y de la sociología, sin embargo, de esos debates la sociología ha resultado debilitada.
A reserva de lo que pueda suceder, hasta ahora la nueva imaginación sociológica es voluntarista y precaria. Podemos interrogarnos: ¿Las revoluciones científicas pueden producirse en cualquier ciclo histórico de la evolución de los discursos científicos?, ¿necesitamos de una revolución científica o por el contrario, de una sociedad más justa y menos violenta?
En tal caso, Khun hablaba de las revoluciones científicas como de los acontecimientos en la comunidad académica que posibilitaban el abandono del paradigma utilizado en el ciclo del trabajo científico normal, sin embargo, las revoluciones científicas dependerían más del agotamiento de las viejas reglas que de la enunciación de las nuevas.
El debate epistemológico en las ciencias sociales —más allá de sus excesos filosóficos y anarquistas— condujo a la epistemocracia, no a la solución de problemas. Un riesgo de los programas maximalistas de la revolución científica agendada en las ciencias sociales contemporáneas es el ensimismamiento y el desencanto por el inminente fracaso de la revolución académica.
Respecto de lo anterior, la revolución científica en la sociología no va a producirse mediante consignas y anuncios de un nuevo bienestar sociológico, aún más, la sociología contemporánea debería proponerse más que un nuevo modelo teórico o un paradigma, una serie de reformas basadas en el aprendizaje normativo y en el diseño tecnológico radical de soluciones a problemas globales.
La nueva agenda de la sociología debería recuperar los testamentos de los sociólogos muertos —y jubilados— y abdicar de la construcción de modelos sociológicos competitivos. La época de la Gran Teoría acabó. El mesianismo teórico no conduce a la superación de nuestros problemas mundiales y regionales.
Por el contrario, la construcción paciente de las teorías sociológicas situadas —en lugar de la multiplicación de los adjetivos para nombrar la sociedad que estamos produciendo[13]— debería replantear el carácter estratégico de las tecnologías radicales.
En tales circunstancias, necesitamos una disciplina diferenciada discursivamente y en relación de reciprocidad con las ciencias sociales.
De otra forma, este malestar en la sociología realizaría los malos presagios, desataría la lucha de todos los sociólogos contra todos los sociólogos, como una maldición que nos diría en voz alta, a manera de epitafio: “aquí yace esa especie rara que algún día, por fortuna o infortunio, quiso integrar a todos, pero no logró siquiera, reunirse así misma”. Antes de que semejante futuro suceda, quizá valga una consigna disciplinaria ¡Sociólogos del mundo, un esfuerzo más para explicar y comprender al mundo!
[1] Freud, Sigmund, El malestar en la cultura, Alianza Editorial, México, 1989.
[2] Bauman, Zigmunt, La postmodernidad y sus descontentos, Akal, España, 1997.
[3] Bordieu, Pierre, Sociología y Cultura, Grijalbo, México, 1990.
[4] Touraine, Alain, “La inútil idea de sociedad. El hombre, las ideas y las instituciones” en Touraine y Habermas: Ensayos de Teoría Social, UAM, México, 1986.
[5] Dubet, Francois y Martuchelli, Danilo, ¿En qué sociedad vivimos?, Losada, Argentina, 1998.
[6] Dogan, Matei y Pharé, Robert, Las nuevas ciencias sociales. La marginalidad creadora, Grijalbo, México, 1993.
[7] Derrida, Jacques, Los espectros de Marx, Trotta, España, 1998.
[8] Weber, Max, El político y el científico, Colofón, México, 1998. Cfr. Bordieu, Pierre, El oficio del sociologo, Siglo XXI, México, 1986.
[9] Al respecto: “Se puede ser el san Juan Bautista del paradigma de la complejidad, y anunciar su llegada, sin ser el mesías”, Morin, Edgar, Introducción al pensamiento complejo, Gedisa, España, 1996.
[10] De la Garza, Enrique, “Historia d ela epistemología, la metodología y als técnicas de investigación en la sociología mexicana” en Revista Mexicana de Sociología No. 1, Año LI, UNAM, México, 1989.
[11] Lanz, Rigoberto, “La sociología que viene. Pensar después de la postmodernidad” en Briceño-León, Roberto y Sonntag, Heinz. Pueblo, época y desarrollo: la sociología de América Latina, Nueva Sociedad, Venezuela, 1998.
[12] Wallerstein, Immanuel, El legado de la Sociología, la promesa de la ciencia social, Nueva Sociedad, Venezuela, 1999.
[13] Melucci, Alberto, Acción Colectiva, Vida cotidiana y Democracia, Colegio de México, México, 1999. Dice Melucci: “Al referirse a la sociedad actual, los analistas se basan en términos que requieren de adjetivos o prefijos: hablan de sociedad posindustrial, postmoderna, capitalista tardía, compleja, de la información, etc. […] La necesidad de adjetivos y prefijos es un síntoma agudo de la incertidumbre teórica […] en lugar de negar la incertidumbre o de esconderse detrás de las palabras, es preferible admitir claramente que no sabemos de qué sociedad estamos hablando. En términos empíricos es claro que si lo sabemos, pero nuestras teorías no nos ofrecen herramientas adecuadas para forjar una interpretación general”.