“La ciencia se encuentra en un estadio de especialización nunca antes conocido y del que no [habrá de salir jamás]…en estos tiempos la obra de verdadera importancia y definitiva es nada menos que la del especialista”.
Max Weber (1988).
El político y el científico
Abstract
El presente trabajo tematiza la autonomía relativa de la sociología. Para tal efecto, analiza algunas descripciones de la evolución reciente de esta disciplina y las propuestas de su disolución en las ciencias sociales.
En tales circunstancias, responde a la pregunta de sí es posible salvaguardar la autonomía de la sociología, mediante las funciones científicas y sociales de ésta, desde una perspectiva que enfatiza la necesidad del rigor conceptual y argumentativo, la construcción de datos y las funciones externas de la disciplina, más allá del objetivismo, que caracteriza a la propuesta tradicional de la ruptura epistemológica del racionalismo aplicado.
I. El riesgo en la sociología
En la postulación de la sociología del riesgo, Ulrick Beck no imaginó que la misma sociología enfrentara ese problema.
El antídoto no podía ofertarse como una herramienta débil. “Hay que reinventar el diálogo trasnacional de la política y la democracia, e incluso la sociología” decía, optimista pesimista, tal como entonces, juguetón, se describía (Beck, 2002).
Respecto de este tema, la sociología no ha descubierto que se encuentra bajo riesgo, porque a tematizado este problema como una externalidad, es decir, “en el jardín del vecino” (Luhmann, 1991).
El objeto de esta sociología ha sido el análisis reflexivo de los riesgos, pero no del riesgo generado por la antidisciplina-interdisciplinaria, hegemónica en los estudios culturales, incluso en la sociología (Reynoso, 2000).
Este riesgo sociológico en parte es manufacturado. No representa en sentido estricto un peligro, pero bien puede mostrarse como un socavamiento de la autonomía de la disciplina (Luhmann, 1991; Giddens, 2000).
Las descripciones empiristas de las tendencias de las disciplinas o bien el voluntarismo en la construcción de modelos, han producido una situación que nos obliga a la reflexión situada acerca de las fronteras de la sociología en el contexto de la predominancia de proyectos interdisciplinarios des-regulados (Dogan/Pharé, 1993; Wallerstein, 1999).
Este ejercicio de la reflexividad de nuestra tradición disciplinaria, pretende la salvaguarda de la autonomía de la sociología, mediante la diferenciación disciplinaria, sin la confusa imagen de la interdisciplinariedad como fusión orgánica de disciplinas.
En retrospectiva puede observarse que la situación de nuestra disciplina ha cambiado drásticamente. Los clásicos –Comte, Durkheim, Weber- defendían la autonomía de ésta respecto de las ciencias naturales, mientras que ahora, algunos sociólogos contemporáneos proponen abrirla e incluso disolverla, mediante propuestas totalizadoras. Para una idea de esta mutación es suficiente contrastar, por ejemplo, la sugerencia de Durkheim acerca de la autonomía de la sociología: “sólo puede considerarse definitivamente constituida cuando tiene por objeto un orden de hechos que no estudian las demás ciencias”, con la denuncia de Beck acerca del exceso de quienes sostienen que “no existe nada más que sociedad” en lugar de las combinaciones de lo que antes se excluía, por ejemplo de la sociedad y la naturaleza (Durkheim, 1999; Weber, 1988; Beck, 2002).
El problema se manifiesta en un doble abandono del rigor conceptual por una función social o bien en la desaparición de la disciplina. Los empiristas proponen una agenda populista centrada en las necesidades comunitarias que reduce la sociología al trabajo social o a la educación popular, mientras que, los que practican el voluntarismo teórico siguen el sendero de la disolución de la sociología, o bien, el de la literaturización de las ciencias sociales [la cual] “se libra del fastidioso aprendizaje de los métodos científicos, de la exigencia de imaginar definiciones operativas o técnicas analíticas innovadoras, de la responsabilidad de exponer elaboraciones replicables” (Follari, 2003; Reynoso, 2000).
Respecto de lo anterior Reynoso especifica:
“se detienen más hablando de la complejidad que analizándola o resolviéndola…Una vez dentro de esta estrategia, el estudiante pude pasar toda su carrera debatiendo interpretaciones, desarrollando lecturas más matizadas y provocativas, descubriendo nuevos textos marginados y significativos no advertidos antes, sin encontrar, en todo su camino, a ningún miembro de la audiencia que le pregunte si alguna de esas cosas tiene algún interés para la vida de alguien” (Reynoso, 2000).
En tales circunstancias, ¿Puede defenderse la autonomía relativa de la sociología ahora que se llama a la construcción de un nuevo paradigma o a la reunificación epistemológica? La respuesta a pregunta supone un mapa cognitivo para situarnos individual y colectivamente, en medio de los debates menguantes sobre la cientificidad del oficio que compartimos (Jameson, 1995).
II. La dispersión discursiva de la sociología
La situación actual de la sociología puede describirse mediante la metáfora de la anomia o bien la imagen de la crisis científica, pero una explicación rigurosa requiere de la autorreflexión de nuestra práctica situada en el debate global. Para un balance de estas circunstancias, analizaremos los relatos de la anomia y de la crisis.
Por un lado, la situación descrita por Dogan y Pharé es una reinvención de la vieja queja de Durkheim sobre la anomia de la unidad de la ciencia producida por la especialización científica.
Si Durkheim recomendaba “encargar a una ciencia nueva que la reconstruya…un sistema particular de investigaciones para volver a encontrarla y ponerla de relieve” que redujera las patologías de la división del trabajo científico, Dogan y Pharé vaticinan un vaciamiento lento: “…no resulta imposible que la sociología experimente en el futuro un destino similar al de la filosofía: su descendencia abandonará el hogar familiar, con el objeto de construir nuevas fortalezas académicas” (Durkheim, 2000; Dogan/Pharé, 1991).
El siguiente fragmento concentra el argumento de estos últimos:
“Hoy día, la sociología se halla extraordinariamente fragmentada…no existe dominio alguno al que se le pueda conferir el nombre de sociología sin añadirle un adjetivo…nadie habla de sociología en general salvo por razones administrativas o de enseñanza…el término sociología ya no tiene mucho sentido…observamos más bien una fragmentación en la periferia y sólo una declinación en el centro…los sociólogos continúan peleando en tierras extranjeras, de tal suerte que el corazón de la disciplina ha quedado desierto, salvo para algunos fieles…el centro de la sociología está tan vacío como la península italiana al final del imperio romano cuando todas las tropas se hallaban en la frontera” (Dogan/Pharé, 1991).
Esa fragmentación disciplinaria descrita arriba es observada negativamente por otros especialistas reconocidos.
“En América Latina…[la cual] sufrió las repercusiones de la crisis del marxismo en el nivel internacional y, sobre todo, la sustitución del paradigma de la Dependencia por una multiplicidad de perspectivas, notables en las sociologías especializadas…no muestran hasta hoy unificación paradigmática alguna” (De la Garza, 2006).
En esa lógica, contra lo que pudiera esperarse, al socavamiento de la sociología contribuye el fuego amigo. La crisis científica descrita por la teoría de los sistemas-mundo es resuelta mediante la disolución de la sociología en las ciencias sociales. La sustitución de la sociología por la teoría de los sistemas-mundo es una salida para aquellos que provienen del marxismo estructuralista sin haber practicado el oficio de sociólogo. ¡Es una paradoja histórica de la especialización de nuestra disciplina que Wallerstein llame, desde la Presidencia de la Asociación Internacional de Sociología, a la disolución de la Sociología![1]
Wallerstein sostiene:
“Dada[s] tanto la persistente reafirmación de la cultura de la sociología…intentaré persuadirles de que la única perspectiva disponible –plausible y provechosa- es la creación de una nueva cultura abierta, esta vez no de la sociología sino de la ciencia social…una que esté ubicada dentro de un mundo de saber epistemológicamente reunificado” (Wallerstein, 2001).
Algunos ecos de esa propuesta pueden encontrarse en innumerables ensayos y libros más o menos familiares.
“Más allá de la especificidad de cada una de las disciplinas analizadas existe un paisaje teórico común y un horizonte intelectual que parece también compartirse” (González Casanova, 1999).
La dispersión y la disolución pueden describirse optimistamente como la pluralidad de tendencias “hacia las síntesis teóricas” e incluso, diseñar una agenda orientada a descompartimentar las disciplinas (Infestas/Lambea, 1995; Lindón, 2006).
“En las últimas décadas del siglo XX las ciencias sociales han ido madurando crecientemente alegatos a favor de la transdisciplinariedad y de la necesidad de descompartimentar las disciplinas” (Lindón, 2006).
“…la sociología institucional ha pasado de ser una ciencia que estudia la sociedad y las acciones de los individuos en su inter-subjetividad a convertirse en una ciencia cuya función queda reducida a explicar la organización del sistema social…en esta dinámica resulta revolucionario, en la configuración de una crítica sociológica a la argumentación de la teoría sistémica…rescatar el pensamiento aristotélico, del cual surge toda la tradición crítica del pensar ético-político en nuestra civilización” (Roitman, 1999).
En una posición radicial, Rigoberto Lanz ofrece una sociología postmoderna al agotamiento disciplinario de la sociología latinoamericana.
“El postulado de la transversalidad epistemológica de la producción sociológica en la postmodernidad no hace sino reiterar la inviabilidad del discurso disciplinario. Frente a él se levanta la perspectiva de un trabajo transdisciplinario al final del cual la producción teórica adquiere contenido radicalmente opuestos a los ejercicios académicos que legitiman la sociología como profesión…Existe un agotamiento de los enfoques y las metodologías disciplinarias. La sociología ya no es practicada como ciencia social solitaria” (Lanz, 1998).
Esta inclinación centrífuga, esa fuga hacia la externalidad de las ciencias sociales, hacia el campo de la ética, constituye un problema que tampoco ha sido resuelto por los discursos eurocéntricos como veremos a continuación.
III. La defensa epistemológicamente “correcta” de la sociología
Para una solución aceptable del problema del vaciamiento de la sociología, hay que renunciar a las propuestas de una ciencia especial, a la opción arqueológica, a la meta-teoría y a la construcción de meta-puntos de vista.
La vieja preocupación durkheinniana acerca de la especialización no disuelve su preocupación por la autonomía disciplinaria. El vaticinio de Max Weber es contundente, dice respecto de la especialización sociológica: “no habrá de salir jamás” [de ésta].
En el supuesto de que la arqueología del saber haya sido una solución al problema de la fragmentación/disolución de las ciencias humanas, una forma de ordenar discursivamente el desorden discursivo de éstas, no fue enunciada como un catálogo de reglas para nuestro oficio.
Las mismas nuevas reglas del método sociológico se ofrecen como una síntesis teórica en la cual el nombre es un exceso, una abundancia de voluntad que en sentido estricto, no operacionaliza nuevas reglas para el sociólogo, a pesar de la propuesta de la doble hermenéutica.
En esta lógica puede interpretarse la afanosa mercadotecnia de la meta-teoría que se oferta como un meta-análisis que consiste en “el estudio profundo de la estructura subyacente a la sociología en general y sus diversos componentes… [sí] no constituyen una historia de la teoría sociológica reciente…sí representan un análisis meta-teórico de esa historia” e incluso, en este espectro de soluciones inútiles, puede listarse también el desmesurado proyecto de un conocimiento del conocimiento que también denuncia las patologías y el obscurantismo del saber universitario (Ritzer,1993; Morin, 1988).
Ahora bien, la construcción de una solución útil, mediante una reflexión de la tradición sociológica reciente, es imposible sin el inventario del debate sobre el rigor y la coherencia argumentativa en el oficio de científico social abierto por el libro de Alan Sokal y Jean Bricmont.
Desde este ángulo serán mejor observadas las controversias acerca de la función científica y social de la sociología entre los pares y discípulos de Bourdieu, el autor que en sus excesos, por ejemplo: [“He inventado la ley de la gravitación social universal, ¿o no? Algo tengo que hacer con ella”], más ha salvaguardado la autonomía de la disciplina y el cual fuera de la crítica de los físicos referidos dice estar de acuerdo con lo que señalan de sus pares generacionales incluidos en la lista de las imposturas teóricas denunciadas[2].
Dicen Sokal y Bricmont acerca de los autores postestructuralistas, objeto de su crítica:
“se trata en algunos autores…de una verdadera intoxicación verbal, combinada con una soberana indiferencia por el significado de las palabras…quizá se creen capaces de aprovechar el prestigio de las ciencias naturales para dar un barniz de rigor a sus discursos”(Sokal/Bricmont, 2002).
Es una descalificación fuerte que no puede tomarse a broma. La estrategia de tomársela en serio para señalar después que los autores ven la paja en el ojo ajeno, es una buena forma de llamar la atención acerca de la necesidad de “seguir una dirección y una guía” [en el trabajo sociológico] (Follari, 2007).
En cuyo caso sea “una pequeña tempestad…” o bien “[un chapuseo hecho a sus] anchas, mediante procedimientos de polémica malévola”, la lección del debate sobre el rigor en algunos textos de algunos autores de las ciencias sociales francesas, nos enseña que la especialización e hibridación de la sociología es más fina de lo que se muestra en las descripciones de las disciplinas sobre el conocimiento, en las ciencias sociales recientes y en los modelos alternativos (Sokal/Bricmont, 2002; Debray/Bricmont, 2004).
Desde esta perspectiva, la crítica de Sokal y Bricmont y el mismo debate de éste último con Régis Debray es un retorno paradigmático a lo básico del oficio científico, una advertencia de cuanto se pierde cuando se impone la licencia poética o el compromiso político infundado, sobre el rigor de los conceptos y los argumentos.
¿Qué efectos tiene ese debate para el trabajo sociológico en medio de la dispersión discursiva y las propuestas de disolución de la disciplina?
Ese debate tiene repercusiones instituyentes para el trabajo de la sociología futura y es menester hacer desde ahora el señalamiento que el mismo Bourdieu coincidía con la denuncia de los excesos literarios de algunos textos de post-estructuralistas franceses, realizada por los físicos estadounidenses.
Bourdieu pensaba antes de su muerte que la ciencia estaba en peligro.
Decía: “La ciencia está en peligro, y de éste hecho, deviene peligrosa” (Bourdieu, 2001).
Bien observada, esa es una idea que no escapa a la externalidad. El concepto de peligro utilizado difiere del concepto de riesgo aquí propuesto. La diferencia conceptual es importante porque describe la procedencia de las distorsiones disciplinarias en el afuera del campo científico y las asocia con su adentro a diferencia del estallido que representan las ideas de Wallerstein.
De acuerdo a Bourdieu la ciencia estaría amenazada por el peligro de perder su autonomía y las denigraciones internas como los delirios de algunos autores postmodernos (Bourdieu, 2001).
Para comprender mejor la línea de trabajo desarrollada por Bourdieu podemos hacer la paráfrasis de una vieja idea marxista de Georgy Luckacs el cual insistía en que la ortodoxia en el marxismo se definía por el método. De modo semejante, podríamos sostener que la ortodoxia en la sociología actual –en medio de la pluralidad de corrientes- depende del método del oficio.
Una vez disuelta la epistemología en teoría social, en el campo del trabajo sociológico, las reflexiones epistemológicas de Bourdieu y las controversias que ha generado su obra, son el mejor punto de partida para salvaguardar el ángulo de análisis en la dinámica interdisciplinar de una sociología abierta y darle coherencia a la fragmentación descrita al principio de este trabajo sin optar por la disolución de la disciplina[3].
Ahora bien, un retorno a El Oficio del sociólogo sería benéfico, porque al margen del contexto de su propuesta de ruptura epistemológica, las operaciones básicas del libro representan un catálogo de herramientas para resolver los problemas enunciados en este trabajo.
Bajo proyecto de hacer de la sociología una ciencia igual que las demás, los autores del libro Bourdieu, Chamboredon y Passeron sostenían que, si el positivismo imita las ciencias de la naturaleza…el empirismo…piensa las relaciones entre disciplinas como un conflicto de fronteras. (Bourdieu, 2004).
Estos autores se propusieron unir lo separado en el campo epistemológico y sociológico francés, mediante la censura de los errores típicos de los que se especializaron en los discursos o bien en el uso de la observación y la experimentación sin orientación teórica.
Para ellos, el problema era la sociología espontánea, ingenua e ilusa y la solución, la sociología científica, reflexiva, crítica y realista.
Por esa razón, propusieron –ahora sabemos que en la discordia- una ruptura epistemológica con el sentido común y el sentido común de la ciencia.
La ruptura epistemológica requiere distancia del sentido común de las conversaciones cotidianas – tan filtradas en la sociología- y una autocrítica de los prejuicios de la procedencia sociocultural y geográfica del sociólogo –de su etnocentrismo. (Passeron, 2004)[4].
La ruptura epistemológica es un proceso que implica un tránsito de un conocimiento menos verdadero a otro más verdadero y sólo se completa mediante la construcción del objeto.
Este ejercicio de problematización de los temas posibilita la observación y la experimentación orientada teóricamente, asimismo, implica una problemática teórica y no sólo la tematización de problemas sociales (Bourdieu, 2004:54)
En tales circunstancias, la construcción reflexiva de instrumentos y técnicas permite producir datos controlados que no son la acumulación de opiniones o los prejuicios del sociólogo.
Ahora bien, una vez descrita esta operación objetivista de la ruptura epistemológica es menester conocer las instrumentalizaciones de ésta, en los trabajos recientes de los pares y discípulos de Bourdieu, con el propósito de responder a nuestras preguntas sobre la posibilidad de salvaguardar la autonomía mediante una combinación de la función científica y la función social de la sociología y bajo el supuesto de que la disputa por la herencia del legado de la sociología de los campos, representa hoy el esfuerzo más logrado acerca del carácter científico de esta práctica disciplinaria.
La muerte de Bourdieu posibilitó un debate abierto acerca de una ruptura con la idea tradicional de la ruptura epistemológica.
Jean Claude Passeron narra las discordias epistemológicas ocultas en la escritura del oficio el sociólogo y las estrategias utilizadas por los autores de ese libro seminal, a pesar de que el oficio del sociólogo fue descrito por el mismo Bourdieu como “un libro que ha hecho mucho mal, ha despertado gente, pero ha sido enseguida utilizado en un sentido teoricista” (Bourdieu, 2004).
“en su epistemología se cuestionaba cada vez menos acerca de las relaciones lógicas y metodológicas entre la estructura de una teoría sociológica y lo que ésta permite o no
…someter a la prueba empírica. Escudado en una definición indivisible de la ciencia, ya no se preocupaba por el modo como esta relación funciona en las diferentes ciencias, según se la establezca —por deducción o por mediante la “refutación” experimental— en un modelo simulado o en la explicación de una secuencia histórica” (Passeron, 2004a).
Passeron publicó en 1991, El razonamiento sociológico, libro que se propone deshacer dos ideas: “la atribución de un monopolio metodológico y teórico a la experimentación…por otra parte…la descalificación automática de todo método antropológico o histórico de análisis de los hechos sociales que no se decida a limitar sus pretensiones científicas a las migajas del método experimental que ella pueda recuperar” (Passeron, 2006).
En este libro toma distancia de la operación de la ruptura epistemológica, aboga por la pluralidad teórica y rechaza la reducción de la epistemología a una sociología de la sociología (Passeron, 2003).
Passeron defiende una idea mixta del razonamiento sociológico. Piensa, que al igual que otras ciencias sociales, la sociología no practica un razonamiento experimental, pero tampoco puede dejar de construir pruebas experimentales.
“¿Ciencia o no? Si, sí, ¿Cómo las otras o no?” se interroga.
Passeron responde que la sociología es una ciencia no experimental pero construye sus pruebas empíricas mediante la contextualización histórica. Para él puede establecerse una tercera vía entre “la ilusión del experimentalismo” y la “la divagación hermenéutica”.
Desde esta perspectiva, la fragmentación descrita por Dogan y Pharé es una muestra de que la sociología es el “lugar del disenso de la evaluación” y antes de aceptar la disolución de la disciplina debe aceptarse contra toda idea tradicional de la ruptura epistemológica que la pluralidad teórica es una descripción más adecuada y realista de lo que le acontece a la disciplina (Passeron, 2006).
Este fue el primer golpe de timón en la disciplina sociológica contemporánea.
El segundo golpe provino de la defensa de la función social de la disciplina, reprimida en el oficio de sociólogo.
En una entrevista, Passeron comparte un diálogo con Bourdieu muy útil para nuestro propósito: “Me dijo: “Tu siempre te sentiste atraído por el análisis político y dispuesto a comprometerte; quisiera hablar de esto contigo”. Respondí que sí: con la edad, da gusto volver a encontrarse con los amigos de juventud. Bourdieu insistía: “¿Comprendes? Sólo contigo puedo charlar de todo esto”. Yo contestaba citando a discípulos: “Pero está fulano, y mengano, y tal otro…” —Ah, no. Si supieras: son todos unos ingratos. Sólo piensan en instrumentalizarme…” [risas]. También él por supuesto, intentaba instrumentalizarlos, aunque hay quienes no se dejan engañar durante mucho tiempo; los periodistas en particular, o los activistas políticos […] (Passeron, 2004a).
Bourdieu presentía el otro golpe de timón. Pinto, Lahire, De Singly, tomaban distancia a su manera mediante una denuncia del objetivismo de la ruptura epistemológica.
Para ellos la objetivación sociológica debía desconfiar de la experiencia y tomarla en consideración al mismo tiempo.
Pinto sostenía: “querer conocer únicamente la primera dimensión conduciría al objetivismo…querer acceder directamente a la segunda dimensión, conduciría, a lo sumo, a una especie de explicitación de lo vivido desprovista de los principios susceptibles de proporcionarle un fundamento” (Pinto, 1993).
Bernard Lahire llamaba la atención acerca de los riesgos de que haya quien sostenga que tiene “la única manera de hacer sociología científica (“La sociología soy yo”)” y acerca de la necesidad de clarificar el paso de la sociología científica a la toma de posición en el campo político: “Está claro que cuanto mayor sea el grado de rigor científico de la sociología, tanto más podrá estar segura peso en el mundo social…una sociología científicamente más avanzada no debería aceptar ya en su seno producciones que no tengan por principio un mínimo de espíritu racional y argumentativo…también debería no sólo tornar difícil para un sociólogo el hecho de nunca producir una investigación empírica…en el curso de su carrera, sino también marginar las producciones con un grado débil de severidad empírica y de exigencia metodológica que apuntan al periodismo menos documentado o al ensayismo más relajado” (Lahire, 2006).
Estas descripciones críticas de la sociología de Bourdieu representan el principio del futuro de la sociología científica que en su pluralidad comparte una matriz disciplinaria a despecho de quienes, con la vestidura rasgada, anuncian la muerte de la sociología.
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[1] Las siguientes ideas refuerzan el proyecto de Wallerstein: “no nos encontramos en un momento en que la estructura disciplinaria existente se haya derrumbado. Nos encontramos en un momento en el que ha sido cuestionada y están tratando de surgir estructuras rivales (Wallerstein y otros, 1995). “…creo que necesitamos impensarlas debido a que muchas de sus suposiciones –engañosas y constrictivas- […] hoy día son la principal barrera intelectual para analizar con algún fin útil el mundo social…con la esperanza de estimular la búsqueda de un nuevo paradigma” (Wallerstein,1999).
“…hay que rehacer el trabajo de las ciencias sociales de los últimos 200 años, tal vez no de cero pero casi” (Wallerstein, 1999). “La interrogante de hoy es si existen criterios que puedan utilizarse para determinar, de manera relativamente clara y defendible, los límites entre las supuestas cuatro disciplinas de antropología, economía, ciencias políticas y sociología. El análisis de los sistemas-mundo responde un “no” inequívoco a esta pregunta…en la práctica el traslape es considerable…Ha llegado la hora de atravesar tal confusión intelectual diciendo que estas cuatro disciplinas son una sola, lo que no significa que todos los científicos sociales realicen trabajos idénticos. La especialización en campos de investigación no sólo es probable sino necesaria”. (Wallerstein, 1999).
[2] Respecto de este punto dice Francois DE Singly: “El trabajo emprendido por E. Durkheim y prolongado por P. Bourdieu, J. C. Chamboredon et J.C. Passeron, debe ser proseguido. El estado del campo sociológico y de la sociología se modifican, ciertas proposiciones del Oficio de Sociólogo…deben ser re-actualizadas. Pero, lo esencial debe ser conservado: la sociología como proceso permite la construcción y la constatación de hechos sociales a fin de prevenir una teoría empirista” (De Sigly, 2002).
[3] Este punto de partida asume como broma las ideas del supuesto colonialismo de Bourdieu debido a que su sociología habría sido diseñada en los campamentos de ocupación francesa y cuya prueba sería que el entrenamiento estadístico de este autor se habría producido en Argelia.
Respecto de lo anterior, dos epistemólogos latinoamericanistas insisten en que no se trata de lo que se lee, sino como se lee y qué se hace con esta lectura (Zemelman, 2004; Quintar; 2004).
[4] De ahí que: “En tanto no hay registro perfectamente neutral no existe una pregunta neutral. El sociólogo que no somete sus propias interrogaciones a la interrogación sociológica no podría hacer un análisis verdaderamente neutral de las respuestas que provoca” (Bourdieu, 2004).